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Historia

LOS ORÍGENES

 

Entre leyenda y realidad

 

Buscar los orígenes remotos de nuestro dogo alemán es una empresa que muchos autores, desde el siglo pasado, han intentado, aunque sin llegar nunca a haberse puesto de acuerdo.

Y es fascinante ver que este gran perro siempre ha estado junto al hombre a lo largo de los siglos, de­sempeñando esas funciones de guar­dián, defensor o simple compañero que todavía hoy lo caracterizan, pero también la función, muy im­portante en los pasados siglos, de cazador.

Ya en estampas y grabados de la época medieval, procedentes de dis­tintos países europeos, hallamos re­producciones de perros que, sin duda, son dogos alemanes. Volviendo a tiempos aún más antiguos encontra­mos efigies de perros similares al dogo en las tumbas de los faraones, en los bajorrelieves asirios en esce­nas de caza mayor; los antiguos ro­manos, además del moloso utilizado en los combates, tenían otros perros, igual de grandes pero más ágiles: probablemente les debemos a ellos su difusión en todo el territorio euro­peo, incluida Britania.

En cambio, según algunos autores estos perros llegaron a Europa desde Asia, como consecuencia de la inva­sión de un pueblo chiíta, los alanos, y por tanto serían directos descen­dientes del mastín del Tíbet, con el que no obstante no parece existir ni la más mínima semejanza, ni estética, ni de carácter.

Según otros, el dogo surgió de la unión del moloso, macizo y tosco, con el rápido galgo, a fin de obtener un perro fuerte y al mismo tiempo ágil, para emplearlo en la caza mayor. Esta “leyenda” podría explicar la circunstancia de que en la Baja Edad Media encontramos dogos “de guerra” o “de cuerpo” y dogos de “cámara”, que diferían no tanto en la morfología como en el carácter. Los primeros, ágiles y agresivos, eran lanzados con ferocidad en la batalla, armados de corazas previstas de largas lanzas agudas para destripar los caballos de los enemigos, o incluso antorchas encendidas; así pues, auténticas máquinas de guerra, en las que resulta difícil reconocer a nuestros actuales dogos.

En cambio, los dogos alemanes “de cámara” eran compañeros fieles que seguían a su amo en la caza (las descripciones y las representaciones de estas partidas de caza son similares a las efectuadas con los galgos), comían en su compañía y dormían en su habitación para proteger su sueño. Según la literatura anglosajona, ya en el siglo XIV en Britania se criaban dogos alemanes y se les adiestraba para la caza del oso; derivaban probablemente del mastiff, pero eran más elegantes y menos feroces; una de las variedades más famosas, conocida como lyme mastiff, era muy apreciada por la alta aristocracia inglesa, a través de la cual algunos ejemplares fueron llevados como regalo a las cortes de toda Europa.


Así fueron apreciados y luego criados sobre todo en Alemania, y los alemanes supieron mejorar la raza, en parte gracias a cruces con perros locales. El producto de estos cruces se denominó inicialmente english dogge (perro inglés), pero pronto lo convirtieron en su raza nacional, probablemente gracias, entre otros, al famoso canciller Otto von Bismarck, al cual solía vérsele acompañado siempre de un ejemplar de esta raza.

Encontramos nombres distintos para indicar siempre el mismo perro, según sus lugares de crianza: el perro de Ulm, tal vez el más famoso, fue criado por una veterinaria de la ciudad de Ulm, en el sur de Alemania, y al parecer era un perro elegante y estructural; en cambio, perros más fuertes procedían del norte de Alemania, sobre todo de Hamburgo y Berlín, pero inexplicablemente eran identificados como danish dogge (perros daneses).

Según algunos autores este nombre no deriva del país de procedencia (es interesante observar que no se tienen noticias de particulares atenciones hacia esta raza por parte de los daneses), sino de que estos perros eran sobre todo de color canela, es decir, rubios, sin máscara, con patas largas y tronco fuerte, ¡las mismas características somáticas de los habitantes de Dinamarca!.

Solamente en la segunda mitad del siglo XIX se acuñó definitivamente el nombre de deutsche dogge (es decir, perro alemán), mientras que se convertía en “raza nacional” y se establecía criar con único nombre a todos estos perros que poco diferían entre sí, a no ser por el color del manto.Por ello, es imposible determinar el exacto lugar de origen de esta raza o la variedad de perros que han contribuido a su formación, pero sin duda debemos agradecerle a Alemania el haber plasmado y refinado sus formas.

 

El siglo XX



La historia más reciente de la raza, que a partir del siglo XIX y en los primeros años del XX tiene una gran difusión en toda Europa, sufre una grave crisis con el estallido de la segunda guerra mundial. Los criadores europeos, sobre todo los alemanes, pierden gran parte sino incluso, todos los ejemplares que habían seleccionado hasta entonces.  No obstante, la raza es recuperada fácilmente aunque no se parte precisamente de los excelentes niveles de tipicidad y selección a que se había llegado, gracias al material que los propios alemanes habían exportado anteriormente a Estados Unidos y Gran Bretaña, donde dos grandes perreras habían logrado conservar algunos importantes reproductores.


 

 

 

Fuente: Libro “El Dogo Alemán”
Marina Salmoiraghi
Editorial de Vecchi

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